ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Carlos Serra Fotos Javier Artiaga
Continuadora de la Nioulargue, Les Voiles de Saint Tropez consigue poner en marcha las instituciones de esa localidad para reunir a los mejores en un ambiente de diversión y lujo que no se hallan en ningún otro lugar.
Saint Tropez celebraba este año el décimo aniversario de Les Voiles de Saint Tropez, un evento que nació mucho antes bajo en nombre de La Nioulargue y que, tras ser suspendido por el dramático accidente que en 1997 produjo una víctima mortal, se reanudó organizado por varias entidades del puerto francés en 1999.
Este aniversario, más el creciente entusiasmo que las regatas mediterráneas están creando entre los propietarios de todo el mundo, no podía sino confluir en una excepcional reunión de embarcaciones de alto nivel. Y es que Saint Tropez, a caballo entre septiembre y octubre y ya cerrando la temporada, se ha convertido en una cita que nadie se quiere perder. Además de atraer a los más bellos clásicos, es también el hábitat natural de la clase Wally, de la que había esta vez nada menos que diez representantes, y se ha convertido en escaparate de presentación de numerosos veleros de gran porte dedicados a la competición. Este año, sin ir más lejos, se vio en los triángulos dedicados a la flota IRC una reunión de mini maxis como MonnyPeny, Numbers y Container, veleros de tanta o más pura raza que los TP 52 y que en sus cubiertas reunían tantos o más títulos olímpicos y estrellas de la America's Cup que aquéllos. Contra ellos corría uno de los mayores veleros de regata del mundo, todavía en posesión del récord del Atlántico: Senso, antiguo Mari Cha IV. Pero también estaban dos noventa pies extremos: Rambler, un diseño de Reichel-Pugh de más eslora y eficacia infinita, que se llevó el triunfo, y el antiguo Bols denominado ahora French Spirit One, manejado por el equipo de Marc Pajot. No olvidemos a Sojana, el queche del patrón de la America's Cup británico Peter Harrison, o los 70 pies Aegir y Atalanta, o tampoco los españoles Kiboko, Alarife y Wallyño. Este último, patroneado por Alejandro Guasch, rascó un respectable séptimo puesto en la clasificación de los grandes IRC. Sólo Saint Tropez y su plano de agua maravilloso, sus atardeceres, su vida de fiesta y su atractivo podía hacer venir a Europa y enfrentar con los italianos y los españoles a veleros que habitualmente corren en la costa Este de Estados Unidos o en Australia.
La batalla de los IRC se libró fuera de la bahía de Saint Tropez, al igual que las regatas muy competidas de los Wally donde reinó -aunque no venció- el inconmensurable Essense y sus 43 metros de cubierta corrida de teca enmarcadas en las elegantes amuradas de color casi negro. El vencedor allí fue Open Season, uno de los últimos Wally 100, que esta vez consiguió adelantar en buena lid y tras cinco pruebas al casi siempre vencedor Y3K. El interior de la bahía estuvo reservado para los veleros clásicos y de época, sin duda los que mejor representan el espíritu de Saint Tropez y los que mayor espectáculo dan en sus salidas cercanas al espigón del Portalet. Y es que no hay palabras para describir lo que es ver juntos, en el agua y con veinte nudos de viento a Lulworth, Altair, Thendara, Tuiga, Mariquita, Moonbeam III y IV, Ashanti, sin duda los más grandes, pero también junto a ellos Lelantina, Sylvia, Veronique y dos recién llegados, Sunshine y Fyne, dos planos de Fife construidos en la actualidad con técnicas antiguas y fidelidad absoluta a los planos del maestro escocés, lo que les permite correr entre los barcos antiguos. Barcos de Epoca, Clásicos y Espíritu de Tradición consiguieron realizar tres pruebas gracias a la inteligente ampliación de la semana, que ahora empieza para esos veleros el mar tes. Se corrió pues el martes 30 de septiembre con poco viento, para el miércoles 1 de octubre darse una regata que empezó con más de veinte nudos y terminó, tras dos roladas de más de 180 grados, en una empopada casi estresante junto al citado faro del Portalet. Los dos días siguientes, por la tradición de los desafíos el primer día y por el exceso de mistral el segundo, se descansó. Finalmente el sábado 4 de octubre se consiguió hacer una última y memorable prueba, ésta con viento constante y un auténtico desfile de maniobras, cascos y aparejos bellos en el agua azul.
El duelo entre esos grandotes, ganado por Mariquita con merecimiento pese a los esfuerzos de Erwan Noblet, de Moonbeam III y Stephane Benfield en Altair, se prolongaba en esloras inferiores donde, siempre en Clase Cangreja, el incombustible BonaFide tuvo que bregar lo suyo para imponerse sobre Oriole, un velero mucho menos extremo pero muy bien llevado. En la clase de Veleros de Época Marconi fue Rowdy, conocido ya por sus excelentes resultados en otras regatas del Mediterráneo y por su armador, el legendario Graham Walker de la saga de los Indulgence, quien se coronó sin dejar opción a The Blue Peter y a Agneta, el queche barnizado de las velas rojas. Orgullo dio a la vela española el incontestable triunfo en la categoría Clásica A de Galvana, un Sparkman Stephens construido en 1977 por astilleros Caravela. Al triunfo de este velero de madera moldeada, que rememora las épicas campañas españolas en la Admiral’s Cup de los años 70, se añadieron las victorias de Mercury, el Alden de 1938 mallorquín que dominó la sección Época Marconi C, y de Rebuff, un Archambault 35, líder en la Clase IRC D.
Esas victorias de veleros de nuestro país sirvieron para recordar que a Saint Tropez se viene tanto a regatear, y por tanto aspirar a una victoria, como para reunirse en el ambiente más selecto y atractivo con los barcos más bellos del mundo. El desfile de los veleros que entran en el puerto, con el sol ya escondido entre los edificios de color pastel y la multitud apretada en el muelle, o un par de horas más tarde el paseo ante las popas inmaculadas, que permite atisbar las reuniones y fiestas acontecidas en cada uno de los yates, son momentos inolvidables.
Para identificar tus comentarios regístrate o accede si ya eres usuario.