ComentarEnviar a un amigoImprimir Textos Salvador Doménech
1. Introducción2. Haciendo historia3. Regatas de gran porte4. Beneficios del carbono
En las últimas décadas los palos y jarcias de los veleros de gran eslora han protagonizado una revolución silenciosa. El mérito recae en el uso de nuevos materiales como el carbono, el dominio de cuyas tecnologías es responsable del literal barrido de los límites establecidos. Los nuevos aparejos han permitido recuperar estilos de otros tiempos, crecer más allá de la medida Panamá, perfilar la forma de alas, resistir esfuerzos como los de las quillas basculantes y definir nuevas categorías de naves de gran porte.
En primer factor a tener en cuenta en la evolución de los aparejos se llama estabilidad. Reducir el peso en el aparejo proporciona mejor resultado que hacerlo dentro del buque. Años atrás el material empleado en los mástiles era la madera y entre las más apreciadas, por ser muy alto y recto, la del abeto gigante de Douglas o de Oregón que puede alcanzar alturas superiores a los 100 metros. Razones de peso llevaron el acero a los aparejos de los veleros y lo mismo sucedió con el aluminio donde éste último fuera alternativa real. Esto no sólo en términos de coste ya que, a medida que crece el tamaño y las fuerzas, conseguir igual resistencia que el acero no supone un ahorro en peso. Por otro lado existe un problema de escala por el cual el yate menor no tolera un aparejo de dimensiones proporcionales a las de uno mayor. Por esta causa el aluminio se impuso en las esloras medias y pequeñas, y lo mismo haría el carbono con éste de no ser por la desproporción de costes entre piezas de uno y otro material. El carbono sí se ha impuesto allá donde mandan los criterios de prestaciones puras, como en las regatas de clase y oceánicas. Y como la diferencia económica se reduce a medida que la eslora crece, entre los superyates y megayates el carbono encuentra su mejor campo de aplicación, pasando los mástiles rápidamente y sin transición de los 30 a los 60 metros y, más recientemente, de los 60 a los 90. Véase de este modo: cuanto mayor es la eslora más vela se puede llevar.
En el pasado para mantener los componentes del aparejo en tamaño para un manejo razonable se optaba por aumentar su número. Empleando más velas y más mástiles se conseguía más fuerza propulsora toda vez que se favorecía el reparto de ésta, al lema de “a más viento, más velas y menos paño”, cuando las condiciones se endurecían. Hace ya mucho que los barcos de vela han dejado de ser un medio de transporte para convertirse en deporte, negocio o ideal. Con la ayuda inestimable de la maniobra moderna y de materiales varias veces más resistentes que los de hace 20 años parece que para colgar todo el trapo que se quiera del mínimo de palos no existe otro condicionante que el sentido común. Salvando las diferencias, dos yates botados en 2003, el lujoso sloop de alquiler de 75 metros y 700 toneladas Mirabella V y la goleta ultraligera de 44 metros y 50 toneladas Mari-Cha IV, pueden citarse entre los mayores desafiantes de reglas de nuestros días. Otra cualidad considerada inamovible es que los aparejos deben adecuarse al programa de los barcos.
Las velas de proa a popa son mejores para ceñir, las que se atraviesan a crujía pueden tener mayor tamaño pero su maniobra es más exigente. Los veleros clásicos elegían entre las diversas combinaciones de velas de estay, áuricaso cuadras las que mejor resultado daban en rutas de cabotaje con vientos variables o en travesías largas con vientos establecidos. Con el tiempo la combinación de velas marconi y de estay con el complemento de velas ligeras para portantes se ha impuesto como la más polivalente y efectiva. En contrapartida, hoy más que nunca este tipo de aparejos se remite tanto en crucero como en regata a condiciones estrictamente determinadas. Balandro, cúter, queche, goleta o pailebote; uno, dos, tres o más palos; cada uno toma sentido para una forma de navegar. Prueba de ello es la recuperación de viejas fórmulas y la creación de otras nuevas, como bien han demostrado buques como el Wind Surf (1990, 188 m, 14.745 t.), Le Ponant (1991, 88 m, 1.443 t.), el Royal Clipper (2000, 133 m, 5000 t.), o más recientemente el Athena (2004, 90 m, 1.126 t.) o el Maltese Falcon (2006, 88 m, 1240 t.).
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